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Dirección General de Cultura y Educación

 

 

Consideraciones acerca de la conmemoración del 12 de octubre

Si la historia la escriben los que ganan,
eso quiere decir que hay otra historia.
La verdadera historia.
Quien quiera oír, que oiga.
Lito Nebbia


Es nuestra intención acercar a las instituciones un aporte que colabore en la reflexión sobre el sentido de esta fecha. Esperamos que cada institución pueda apropiarse de este material en función del reconocimiento y respeto de las características de sus alumnas, alumnos, familias y comunidades a las que pertenece.

12 de Octubre, fecha que genera confrontaciones producto de las interpretaciones derivadas de vertientes historiográficas y políticas diferentes que dan lugar a posturas heterogéneas respecto de su significado.

Partimos del convencimiento de que no existe interpretación histórica inocente. No podría ser de otro modo, ya que todo historiador es sujeto social de un tiempo histórico, de un espacio geográfico y de una ideología determinados, circunstancias desde las cuales mira al pasado. Así es que cada historia refleja tanto los sucesos pretéritos como la mentalidad de su autor-intérprete en el contexto de su producción.

De un lado, los acontecimientos vinculados con la llegada de los españoles a América y su instalación en este continente han sido presentados desde la convicción de que América estaba permanentemente presente en todos los discursos construidos sobre la naturaleza, la realidad o las potencialidades de lo español.

Discursos construidos en tal sentido nacieron en España entre los años 1898 (año de la independencia de Cuba, última colonia española en América) y 1930 con la intención de conformar un ideal de nación y de identidad nacional, ante el desastre colonial y la decadencia nacional.

En este marco, la idea de América ocuparía un lugar relevante en el horizonte de la vida española a partir del desarrollo del panhispanismo, que ubicaba en América un imaginario unificador del catolicismo y de la afirmación nacionalista y, al amparo del cual, se desarrolló en las primeras décadas del siglo veinte el ideal de la Hispanidad (1).

En la búsqueda de los orígenes de aquel imaginario americano, no puede obviarse la referencia a un acontecimiento que en ocasiones se señala como el primer gran proyecto oficial de recuperación del prestigio de España en América: la celebración del IV Centenario del Descubrimiento en 1892. En aquella ocasión un real decreto firmado por la Regente doña María Cristina de Habsburgo, el 12 de octubre de 1892 en el monasterio de la Rábida, expresaba el claro propósito de instituir como fiesta nacional el aniversario del día en que las carabelas de Colón llegaron a las Indias.

En los primeros años del siglo veinte algunos intelectuales españoles (2) perfilaron las líneas básicas de un programa de revitalización de las relaciones entre España y América, imprescindible ante la debilidad española para encontrar un puesto relevante en el contexto internacional. Uno de los elementos de aquel proyecto de convergencia hispanoamericana era la creencia en una comunidad cultural, formada por España y sus antiguas colonias, por encima de desavenencias políticas y de los intereses comerciales. Desde esa creencia común en una afinidad colectiva hispanoamericana se invocaba una acción exterior de signo espiritualista y cristiano común a España y América frente al materialismo norteamericano y se apelaba a la gran masa de emigrantes españoles residentes en aquel continente que, por su posición en sectores económicos relevantes y por su integración en la sociedad americana, se constituían en el primer factor de la unidad hispano-americana.

Esta identidad común supranacional impulsada por España, formaba parte importante del nuevo patriotismo que la convertiría en guía cultural y espiritual de América. Los rasgos generales que caracterizaron esta mirada fueron:

  • la civilización moderna -la española en este caso- se autocomprendía como más desarrollada;

  • la superioridad obligaba a desarrollar a los más primitivos como exigencia moral;

  • el camino de dicho proceso educativo debía ser el seguido por Europa;

  • como el bárbaro se oponía al proceso civilizador, se debió ejercer en último caso la violencia para remover los obstáculos para tal modernización;

  • esta dominación produjo víctimas inevitables, con el sentido cuasi-ritual de sacrificio salvador; tales los casos en que los indígenas oponían impedimentos a la predicación de la doctrina cristiana;

  • por último, por el carácter civilizatorio de la acción desarrollada por España, se interpretaban como inevitables los sufrimientos o costos de la modernización de los pueblos atrasados, de las otras "razas" esclavizables, etc.

Las opiniones y percepciones vertidas sobre América Latina que fueron hechas propias por los intelectuales y políticos americanos pretendían, a la vez, edificar y difundir determinados conceptos de identidad nacional en sus propios países.

En Argentina, en virtud de la conmemoración del Centenario del 25 de Mayo de 1810, se produjeron acercamientos con España. Como modo de afirmación de estas relaciones se recibió la visita de la Infanta Isabel, quien compartió los festejos con los representantes del gobierno nacional. Era una época en la que la sociedad estaba influida por las representaciones generadas a través de la dicotomía civilización-barbarie y, por ende, lo aborigen era percibido -tanto en nuestro país como en el mundo occidental- como un problema o, en el mejor de los casos, como una etapa primitiva que debía superarse abriendo camino hacia un progreso, en lo posible, ilimitado.

La oligarquía nacional, instalada en el gobierno, se esforzaba por fortalecer los mitos de origen en pos de lograr la conformación de una identidad nacional. En tal sentido, venía re-descubriendo la tradición española que había despreciado durante gran parte del siglo XIX, pero en este caso, la recreaba en su dimensión más conservadora: un pueblo que aceptaba la sumisión a una monarquía y a una iglesia. La posición económicamente privilegiada de la comunidad española en Argentina, cuyos miembros habían constituido una red de asociaciones asistenciales, financieras, culturales, les dio la posibilidad de conseguir mejoras sustanciales en su actividad, de ocupar puestos políticos secundarios como concejales municipales (dado que la ley electoral así lo permitía) y de lograr cada vez mayor influencia en la toma de decisiones en los gobiernos de turno. Así, la inmigración española ofrecía un campo de desarrollo que podía convertirse, por la acción de la escuela, en el pasado heroico común, que aglutinara un abanico de culturas en una nueva identidad.

El acercamiento a España se produjo también durante el curso de la Primera Guerra Mundial. La neutralidad de España y de Argentina ante la guerra y el recelo frente a la política expansionista norteamericana en el Caribe, hacían coincidir la mirada de ambas naciones y estrechar los históricos lazos. En este marco, Hipólito Yrigoyen, en su primer mandato presidencial firmaba, el 4 de octubre de 1917, el decreto que instituía el 12 de octubre como Fiesta Nacional.

La decisión de promulgar dicho decreto se basó en la solicitud realizada en primer lugar por la Asociación Patriótica Española junto a otras instituciones, tanto hispanas como argentinas. En sus considerandos, se presentaba al descubrimiento como el acontecimiento de mayor trascendencia de la humanidad y se reconocía a España como progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal. Aunque en el decreto de Yrigoyen no se mencionaba el 12 de octubre como Día de la Raza, así fue como comenzó a denominárselo.

De otro lado, los principios religiosos, morales y culturales del catolicismo y el modo en que esos principios se materializaron en América -mediante el desarrollo de un modelo social y de pensamiento que hundía sus raíces en el organicismo medieval, en la idea imperial, y en el predominio de la fe impulsados por España durante los siglos XV al XVIII-, fue valorado como la fuente de todos los males americanos.

Bajo la forma de la Leyenda Negra, se denunciaban los errores e injusticias cometidos por los españoles, brindando una imagen del pasado que descalificaba globalmente la acción histórica y las ideas y valores impulsados por España. La llamada leyenda negra tuvo su origen en la tarea de propaganda contra España, impulsada primero por parte de su competidora, Francia y, después por parte de los que como Inglaterra, Países Bajos, parte de Italia, sacarían una sustanciosa tajada a partir de la decadencia española. Esta leyenda se sustentaba en el exagerado interés de los Reyes Católicos-sobre todo de Fernando en la Inquisición, que -según esta visión- ni siquiera los Papas querían con tanta virulencia; en los titubeos en la legislación sobre Indias, con leyes excelentes pero prácticas muy en desacuerdo con ellas; en la rigidez en la defensa del catolicismo, a punto de expulsar a judíos y moros del territorio peninsular (3).

Tal idea se generalizó en la Europa de la ilustración del siglo XVIII, señalando a la Iglesia Católica como causa principal de la degradación cultural española y de España en América.

Según los hispanistas, el precursor de la leyenda negra fue Fray Bartolomé de las Casas (4), quien desde sus escritos y desde la acción pastoral y política que desplegó mientras fue obispo de Chiapas, bregó por la justicia en el trato hacia los indígenas.

En América, la leyenda negra fue tomada por intelectuales y comunidades que buscaban el desarrollo de una conciencia identitaria para las minorías indígenas y fue reelaborada como la Leyenda Indígena. Esta mirada, que reconoce como sus iniciadores al Inca Garcilaso (5) a través de sus "Comentarios Reales" y a Felipe Guaman Poma de Ayala (6) en "Nueva crónica y buen gobierno", intentaba repasar y valorizar los aportes culturales del elemento indígena en América. Así, se señalaban ciertas expresiones folklóricas, musicales; artesanías regionales; manifestaciones culinarias; cosmovisiones éticas y religiosas; el sentido comunitario y la vigencia de muchas voces que enriquecieron la lengua española.

Sobre todo, durante el siglo XX, historiadores y políticos se ocuparon de mostrar la mirada de los vencidos y de rescatar su aporte a la conformación de una identidad iberoamericana y nacional. Como ejemplos citaremos a José Carlos Mariátegui en sus "Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana"; Víctor Raúl Haya de la Torre en "Espacio-tiempo histórico"; José María Arguedas a través de su "Formación de una cultura nacional indoamericana"; Eduardo Galeano en sus "Venas abiertas de América Latina.

Entre los elementos generales que caracterizan la mirada de la Leyenda Negra y la Leyenda Indígena podemos mencionar:

  • la mala administración española, que no solucionaba ninguno de los problemas existentes en los territorios bajo su mandato, sino que añadía otros nuevos (cuando menos, los derivados de su propia ineficacia), y que generaba con ello una situación crónica de desgobierno político, de injusticia legal, de inseguridad social y de desorganización y explotación económica;

  • la opresión que padecían los súbditos de España en América, que eran víctimas de una represión absoluta que abarcaba todas las facetas de su vida cotidiana, comenzando por la propiedad de la tierra, sus formas tradicionales de vida, la represión de sus libertades y terminando por imponer el miedo y la muerte. Pasando, obviamente, por la represión del pensamiento y de las creencias en nombre de la ortodoxia religiosa, para lo cual los españoles se servían del instrumento de la Inquisición;

  • el atraso cultural e intelectual de los españoles, pues en tales condiciones el progreso de las ideas se hacía imposible, con lo que tampoco cabían muchas esperanzas de lograr un progreso material. Atraso cultural, por otra parte, que se buscaba de forma intencionada por parte de los gobernantes españoles, pues de este modo, manteniendo al pueblo sumido en la ignorancia, les era más fácil asegurarse su dominio;

  • una estructura económica dependiente que se inició con la dominación española y que perduró luego de la independencia de las colonias españolas. El problema de la construcción de comunidades políticas viables, dentro de las cuales se pudiera organizar un nuevo orden jurídico, legal y constitucional, nació de la desintegración del imperio español mediante una revolución y unas largas guerras internas y externas. A falta de un poder político efectivo, de una legitimidad convincente y de capitales cuantiosos, los criollos acogieron muy pronto a los inversionistas y comerciantes europeos y norteamericanos como a potenciales aliados, no sólo para lograr la anhelada modernización de sus países mediante el libre cambio, sino también y sobre todo, para afianzar sus gobiernos mediante los préstamos externos que aseguraban la financiación del presupuesto estatal. Esto fue producto de la debilidad fiscal, militar y política de los territorios americanos heredada de la organización colonial hispánica.

Los españoles pretendieron ensalzar su actividad en América y ocultar la realidad de la cultura indígena. Los antihispanistas e indigenistas repudiaron el accionar español. Ambas visiones no pueden o no quieren percibir que la cultura americana es un producto complejo de los aportes europeos, de raíz indígena, negra y de las oleadas migratorias provenientes de diversos espacios en distintas épocas hacia el continente americano. Quizás, la pronta conmemoración de un nuevo aniversario de estos hechos, sea propicia para repensar y revisar estas miradas.

Las radiografías totales obtenidas con enfoques parciales -como el indigenismo, el hispanismo, el antihispanismo y el europeísmo- son apenas notas diversas de nuestra existencia. Su error básico consiste en autoproponerse como proyectos exclusivos y en pretender desconocer la existencia de los otros. Es válido concluir, entonces, que las corrientes analizadas resultan insuficientes por sí solas para producir una interpretación de la compleja cultura desarrollada por las sociedades americanas. Por ello, necesitamos incorporar, sin dilaciones, los diferentes valores aportados por los diversos componentes y emprender un camino de síntesis histórica entendiendo que la diversidad nos enriquece.

Lo expresado no niega la diferente conformación étnica de nuestras naciones ni la natural consecuencia disímil de sus respectivos productos culturales (7). Tampoco pretende teñir los acontecimientos de una mirada ingenua, color de rosa, sino que entiende que la problemática de la identidad y la multiculturalidad emerge en los procesos de apropiación y participación social y cultural en América Latina, en la hibridación, mediación, heterogeneidad y coexistencia de diferentes matrices, mapas y miradas que constituyen los conocimientos, los saberes y los relatos de los sujetos sociales y culturales. La identidad multicultural se recrea en la trama de luchas y conflictos por el sentido de la acción social y simbólica entre las tradiciones, las modernidades y los procesos de formación de la cultura política y democrática en la actualidad.

El reconocimiento de la diversidad surge como un fenómeno emergente en la década de mil novecientos ochenta pero se ha profundizado y expandido en los últimos diez años y se consolidó como una característica en los países de la región a comienzos del siglo XXI. Ocuparon un lugar saliente los grupos que luchan por el reconocimiento de los derechos colectivos que se desprenden de la especificidad cultural de los diversos pueblos, etnias, regiones, comunidades y clases, generando un nivel cada vez más alto de estructuración de las demandas como alternativas posibles y de organización de las culturas y los grupos diversos como actores sociales crecientemente insertados en los escenarios nacionales e internacionales.

Las instituciones educativas contienen en su seno esa diversidad, que debe hacerse visible -contrariamente a lo que ocurrió en otro tiempo y con determinadas intenciones-. Es necesario contribuir desde nuestra actividad docente a recuperar la voz y el protagonismo de esos sujetos sociales, individuales y colectivos, a partir del reconocimiento, respeto y fomento de una realidad multiétnica y multicutural, desarrollando y/o fortaleciendo proyectos que permitan el diálogo intercultural. Porque diálogo, es algo más que una negociación o un medio de tolerancia. El diálogo debe posibilitar el estudio y la investigación; el debate; la difusión de experiencias relacionadas con la estructuración y re-estructuración de las sociedades nacionales en tanto pluriétnicas y pluriculturales. El diálogo debe posibilitar la construcción de un horizonte de desarrollo común.

La diversidad a la que hacemos referencia, ya estaba instalada en las sociedades llamadas pre-hispánicas, luego llegaron los españoles, se introdujo población africana, se recibieron y reciben inmigrantes de distintas partes del mundo. Nosotros, como sujetos latinoamericanos contemporáneos, somos producto de todos ellos.

El 12 de octubre puede contribuir para interrogarnos acerca de nuestros orígenes, de las transformaciones que vivimos a través de los procesos sociales e ideológicos que enfrentamos a lo largo de nuestra historia y de sus textualizaciones bajo la forma de diversos discursos. Quizás esa tarea sirva para poder hacer confluir todas nuestras memorias, festejando la multiplicidad de nuestras culturas y, al mismo tiempo, haciendo un minuto de silencio por nuestros antepasados -desde antes de la llegada de los españoles hasta el presente- que, soñando con la libertad y con un futuro mejor, nos dejaron en herencia los relatos de sus conflictos y luchas.

Nota: Agradecemos los aportes de la Asesora Docente Prof. Diana Hamra para la elaboración del presente texto.

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1Niño, A., "Hispanoamericanismo, regeneración y defensa del prestigio nacional (1898-1931)" en P. Pérez y N. Tabanera, España/América Latina: un siglo de políticas culturales, Madrid, AIETI-OEI-Síntesis, 1992, p. 15-48

2 Entre ellos Rafael M. de Labra (La Habana, 1841-Madrid, 1918) autor de Orientación americana de España escrita en 1910; Angel Ganivet (Granada, 1865-Riga, 1898) autor de Idearium español (1899), un intento de interpretación histórica de España y el bosquejo de un análisis sobre las causas de su decadencia; y Marcelino Menéndez Pelayo (Santander, 1856 - 1912) en cuya prolífica obra exalta la tradición española y la vasta obra civilizadora de España en América. Estos autores idealizaron el descubrimiento y la colonización española de América, por cumplir el objetivo de acrecentar el mundo cristiano. Esta misión histórica debía defenderse frente a los ataques de aquellos que destacaban los errores y desmanes de los españoles en el Nuevo Mundo.

3 Molina Martínez, Miguel, La Leyenda Negra, Madrid, Nerea, 1991

4 Fray Bartolomé de las Casas (Sevilla 1484 - Madrid 1566). Estudio en Salamanca y recién graduado de abogado vino a América junto con su padre. Se desempeñó como clérigo de la orden de los dominicos. Su obra más destaca es la "Brevísima relación de la destrucción de las Indias", redactada en 1542 y destinada a conmover al futuro monarca Felipe II, sobre el trato que los españoles debían dar a los indígenas.

5 Garcilaso de la Vega, llamado El Inca (Cuzco 1539 - Córdoba, España, 1616) Escritor e historiador peruano.

6 Huamán Poma de Ayala (región de Huánuco, c. 1534-?, 1615) Cronista peruano. Dedicado a la enseñanza de la lengua castellana a los indígenas, fue autor de una Nueva crónica (1600), compendio de la historia preincaica del Perú, y de su continuación, Buen gobierno (1615), que muestran de las injusticias que los encomenderos y los funcionarios de la corona infligían a los indios. Está ilustrada con dibujos del mismo autor.

7 Ribeiro, Darcy, Configuraciones histórico-culturales americanas , Buenos Aires, Calicanto, 1977  

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