| El Hueco de la Fidelidad |
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Autor: Guillermo Horacio Brocchini Buenos Aires, 1880. En la vieja plaza de Monserrat llamaba la atención de los pocos paseantes la figura de un anciano, larga barba blanca, rostro curtido por muchos años de intemperie, chiripá, bota de potro, una extraña galera de felpa adornada con una escarapela, una pluma blanca y una casaca azul raída, con cuello y bocamangas que en otro tiempo habían sido rojas, la cual ostentaba en la manga izquierda un escudo rojo de paño con la leyenda "Buenos Ayres" bordada entre laureles y unos deslucidos galones de sargento. Colgaba de su pecho, de una cinta celeste y blanca, una medalla de plata ennegrecida en la que se podía leer con dificultad " La Patria en Chacabuco", y de su cuello un viejo y grasiento escapulario de la Virgen de la Merced. Vagaba , indiferente a la curiosidad de los chiquilines que se reían de su incongruente combinación de pilchas de medio milico y medio paisano. Los más viejos vecinos del Alto de San Pedro lo trataban con respeto, y contaban que el mismo mazorquero Cuitiño, ante quien temblaban los más guapos, se descubría al verlo pasar, y ni siquiera Juan Moreira se permitía insolencias con él, a pesar de su mirada mansa de cordero regalón. Una tarde llamó la atención del buen viejo, un tropel de muchachones que se entretenía molestando y burlándose de un viejo negro, el cual, rodeado por diez o doce de éstos mozos, trataba de salir del paso sin violencia y respondiendo con sonrisas incómodas a los apodos de "tizón", "porrudo" y "negro trompeta" con que los jóvenes se burlaban de él. La cara del negro estaba surcada de cicatrices y le faltaba una pierna, lo cual le hacia difícil eludir la molesta persecución de los jóvenes. Algo, en la cara del negro llamó la atención del viejo sargento, quien, furioso ante el triste espectáculo, manoteó su facón, y plantándose frente a los agresores, les apostrofó: -¡Parensé, canejo! ¡No ha´i ser el Sargento Almirón, quien consienta la cobardía de que se ofenda a un viejo veterano y tan luego en éste sitio, ande estos "tizones" peliaron como tigres!... El negro se volvió hacia su defensor, y reconociéndolo, se irguió, llevó su mano hacia su frente y con firmeza exclamó -¡A sus óldenes, mi zalgento.! El sargento enfrentó a los muchachos, que ante ésta escena se habían quedado estupefactos, envainó su facón y les dijo -Miren bien a éste"motoso": Tiene escrita en la cara la historia de la Patria.Se los asigura un viejo que lo vió peliar como un puma en Tucumán, Salta, Chacabuco y Maipo. ¿te acordás, Domingo.? -Y como nó- los ojos del negro se iluminaron-En Maipo, una bala de cañón me llevó la pielna y me dejó ezta pata de palo, pa´que no baile maz el candombe en el día de Zan Benito de Palermo. -¿En Maipo.?- preguntó, ya con timidez uno de los importunos muchachos-¿C-con San.Martín.? - Si- respondió el sargento- Este negro trompeta ,siguió a Belgrano al Alto Perú, a San Martín a Chile, estuvo con Güemes en Salta y fue uno de los "Tizones" por los que Liniers bautizó ésta plaza con el nombre de "Hueco de la Fidelidá ".¡Y tuito pa´que ustedes, mocosos de porra, le anden faltando el rispeto.! El muchacho que parecía más atrevido, se acercó al negro: -Disculpemé. yo no sabía... El negro mostró su blanca dentadura en una carcajada: -¡Zí! ¡Y cómo collían loz helejez cuando vian a loz "tizonez" del Batallón de Paldoz y Molenoz atacando a pula bayoneta! ¿Ze acuelda, mi zalgento.? Los ojos del viejo brillaron.El muchacho se descubrió ante los dos veteranos, y con ademán humilde les pidió -Cuéntenos eso, por favor. El viejo sargento se sentó en un tronco, junto al negro -Todo eso jué hace mucho.éramos jóvenes como ustedes. Como si el tiempo no hubiera pasado, el negro se irguió, como cuando escuchaba el clarín en el campo de batalla. Sus ojitos brillaron, como si volviera a ver a sus viejos camaradas y comenzó a relatar: _Todo esto fue en tiempos del Rey.Gobernaba en Güenoh´Aires un pelucón llamado el no se qué de Sobremonte. -Este "Tizón" y yo "changueábamos haciendo mandaos pa´las tropas de carretas que paraban en el Alto, cuando nos sorprendió un estruendo pa´l lao del Juerte. -¡Bum!- dijo el negro-¡Noz zacudielon laz tlipaz con el cañonazo! -Claro- dijo el sargento-El cañón del Juerte avisaba que los herejes desembarcaban en Quilmes. El virrey, ni bien olió la pólvora, disparó con sus parientes pa´Córdoba, sin siquiera ver el color de las pilchas del enemigo, y los gringos dentraron en la ciudá, tuitos vestidos de colorao con sus polleritas a cuadros y esas gaitas que chillaban como chancho con dolor de panza. --¿y lo del "Hueco de la Fidelidad ?- preguntó uno _Paciencia, mozo, que la historia aún no ha empezao...Nos enteramos que Juan Martín de Pueyrredón reunía gente en las chacras de Perdriel, y p´allá nos juimos, pero los herejes nos ganaron de mano y tuvimos que salvarnos a uña de güen caballo... En fin, en San Isidro nos unimos a las fuerzas que traía Liniers desde la Colonia. Como nos vieron muy gurises pa´peliar nos pusieron a ayudar con los cañones que se empantanaban en el barro... ¡Cómo llovía! , así, desde Liniers hasta este "motoso" llegamos a Retiro, embarraos hasta las orejas y calaos de agua hasta los güesos. - Y en el Yetiro - dijo el negro- tomamoz la gualdia de quince hombles que dejalon loz gringoz... ¡No ezcapó ni uno!... y desde allí noz juimoz peliando hazta la Plaza Mayol. - Las balas silbaban por todos laos y los gringos caiban como moscas. Pueyrredón atropelló al hereje que llevaba la bandera y se la quitó y a poco, vimos una bandera blanca en el Juerte... Al final, el General de los gringos salió del juerte, con su uniforme rojo todo sucio de pólvora, con los otros oficiales, y los soldaos con las manos en alto. Liniers, todo embarrao y sucio de sangre le recibió la rendición y nos dio una orden: "¡Pena de muerte al que falte el respeto al vencido!". - Eze domingo - terció el negro- lo acompañamoz a la Miza Mayol en Zanto Domingo. Palezia el Ley Mago Zan Baltasar de tanto olo que tlaía en la cazaca: jué cuando llevó laz bandelaz que lez quitó a loz helejez y que había prometido entlegal a la Virgen del Yozario zi le conquistaba la ziudá... Entuavía eztán allí... -No les habrán quedado ganas de volver- terció uno de los muchachones. - Pero los herejes golvieron- dijo Almirón- Liniers que lo sabía organizó juerzas: Los Húsares de Pueyrredón , con los que se salvaron de Perdriel , Los Gallegos, Andaluces, los Arribeños... yo me incorporé como tambor en los Patricios que mandaba Saavedra, en la compañía del Capitán Manuel Belgrano. - Y yo - dijo el negro- en el Batallón de Paldoz y Molenoz, con todoz loz "tizonez" que libelalon zuz amoz... La plimela vez que me puze el unifolme, la negla Tomaza, la zilvienta de loz Ezcurra me yegaló con un atracón de empanadaz y losquillaz... - Como decía, loh¨ ingleses volvieron, y vinieron con todo: la primera vez eran cuatro gatos aunque bien disciplinados. La segunda eran miles y miles, que desembarcaron en Barragán y se vinieron a tomar Güenoh Aires. Pero no entraron por Barracas, sino que dieron la güelta y aparecieron por el Miserere. Allí nos sorprendieron y tuvimos que disparar como alma que lleva el diablo... -¡Y Liniers!- preguntó uno. -Ze había venido volandito pa´l Cabildo- dijo el negro- Él y el Alcalde Álzaga mandalon ponel bayicadaz en laz ezquinaz... - Los ingleses se vinieron a la ciudá como gato al bofe creyendo que la tenían servida, pero allí empezaron todos por su cuenta a tirarles con lo que encontraban: las mujeres calentaban ollas con aceite y agua, los gurises les tiraban tejas y ladrillos desde las azoteas y los techos, los hombres con palos, con cuchillos y con las armas que les quitaban a los muertos... Un oficial inglés gritaba como condenao "¡Green go! ¡Green go!" (Que dispués supe que quería decir "verdes, adelante", por que los inglese tenían uniforme rojo con adornos verdes.). Y desde allí los empezamos a llamar "gringos". - En Zanto Domingo, loz helejez ze habían atlinchelado y puzieron en la toye laz bandelaz que Liniers le yegaló a la Virgen. Loz tomamoz pol azalto y un tal Lezica jué a la toye a quital laz bandelaz. Ze yesbaló en loz azulejoz y cuando cleíbamoz que ze mataba, laz bandelaz ze dezplegalon y le flenalon la caída: jué la mano de la Virgen.. . - Entre tanto los Patricios, con Saavedra, peliabamos cerca de San Ignacio. Nuestro Capitán, Manuel Belgrano, que sabía hablar en gringo, les intimaba a rendición. Entuavía me parece verlo, con su guerrera azul y la banda roja de oficial de Patricios, con la espada en una mano, y la Bandera del Regimiento, con el escudo celeste y blanco de la ciudá, desafiando las balas y animándonos a avanzar...Si hasta nos olvidábamos del chucho que nos daba el tiroteo, viéndolo a él, tan bien empilchao y tan corajudo.... -¡Lindo criollo!- terció uno de los muchachos, entusiasmado. -¡Macho, gritó la partera!- dijo otro. Continuó el sargento, - en fin... las calles parecían un infierno: loh¨ingleses no tenían ni ande esconderse, y venían en tropilla a entregarse prisioneros, los muy sotretas. Les quitamos las armas, los cañones, las banderas, y hasta las ganas de comer asao en casa ajena y sin permiso.... Al final se rindieron sin que escape ni un gringo. En dos días, no menos de dos mil herejes pagaron por sus herejías. ¡Dios los perdone! Aquí mismo, en esta plaza, los "tizones de Güenos Aires "se jugaron el cuero, como liones y se lo siguieron jugando dispués hasta Ayacucho.... ¡Tantos cayeron defendiendo a la ciudá..! Los muchachos habían quedado en silencio. El más travieso, el más desvergonzado de todos, se acercó al negro con timidez. - Disculpemé señor... Yo no sabía... quisiera que me haga el honor... El negro, con una sonrisa infantil, le tendió la mano, y luego, los dos veteranos se perdieron por las calles de Monserrat... Buenos Aires, 1920. En la vieja Plaza Monserrat, un anciano lleva a su nieto de la mano. Se detiene bajo el ombú de la plaza, se vuelve al niño y le dice: - Aquí, en este lugar, estreche la mano de un héroe....
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